jryan01
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Trailer
Heart of the Beast es una película de supervivencia, pero también una historia profundamente conmovedora sobre la lealtad, la culpa y los vínculos que mantienen en pie a quienes han regresado de lugares donde han tenido lugar conflictos bélicos. Brad Pitt interpreta a James Belmont, un veterano que queda atrapado en la naturaleza de Alaska junto a Odín, su perro de combate, en una travesía tan física como emocional.
La cinta funciona especialmente bien cuando deja que sus protagonistas se entiendan sin palabras: una mirada, un gesto o un silencio dicen más que cualquier diálogo. Aunque el guion tiene algunos excesos, la belleza salvaje del paisaje y la química entre Pitt y Odín le dan un corazón enorme. Y cuando llega ese último tramo, la película deja una huella difícil de borrar: algunas despedidas no necesitan explicarse para sentirse, y a veces sobrevivir significa llevar consigo el amor de quien ya no puede continuar.
James no parece emprender la travesía únicamente para sobrevivir: en cierto nivel, ya llega a ella emocionalmente derrotado. Su aislamiento, su relación casi instintiva con Odin y su dificultad para volver al mundo sugieren a un hombre que no busca tanto una nueva vida como una forma de dejar de cargar con la que tiene.
Yo no diría necesariamente que posee un deseo consciente de morir, sino algo más complejo: una especie de **muerte interior**, alimentada por el trauma, la culpa y el cansancio. La naturaleza funciona como un lugar donde puede desaparecer sin tener que explicarse ante nadie. Por eso, el final puede interpretarse como el momento en que esa pulsión de rendirse choca con el vínculo que todavía lo mantiene humano: Odin. La película deja entender que James no solo lucha contra el frío o las heridas, sino contra la tentación silenciosa de dejarse ir.
Sobre la película: Una anécdota muy buena: Odin, el perro del film, fue interpretado por cuatro pastores alemanes emparentados. El principal, Uber, era un perro de búsqueda y rescate de Nueva Zelanda; sus tres hijos hicieron de dobles para escenas más exigentes, como correr o nadar. Brad Pitt llevaba pollo hervido en los bolsillos para ganarse su confianza.
La cinta funciona especialmente bien cuando deja que sus protagonistas se entiendan sin palabras: una mirada, un gesto o un silencio dicen más que cualquier diálogo. Aunque el guion tiene algunos excesos, la belleza salvaje del paisaje y la química entre Pitt y Odín le dan un corazón enorme. Y cuando llega ese último tramo, la película deja una huella difícil de borrar: algunas despedidas no necesitan explicarse para sentirse, y a veces sobrevivir significa llevar consigo el amor de quien ya no puede continuar.
James no parece emprender la travesía únicamente para sobrevivir: en cierto nivel, ya llega a ella emocionalmente derrotado. Su aislamiento, su relación casi instintiva con Odin y su dificultad para volver al mundo sugieren a un hombre que no busca tanto una nueva vida como una forma de dejar de cargar con la que tiene.
Yo no diría necesariamente que posee un deseo consciente de morir, sino algo más complejo: una especie de **muerte interior**, alimentada por el trauma, la culpa y el cansancio. La naturaleza funciona como un lugar donde puede desaparecer sin tener que explicarse ante nadie. Por eso, el final puede interpretarse como el momento en que esa pulsión de rendirse choca con el vínculo que todavía lo mantiene humano: Odin. La película deja entender que James no solo lucha contra el frío o las heridas, sino contra la tentación silenciosa de dejarse ir.
Sobre la película: Una anécdota muy buena: Odin, el perro del film, fue interpretado por cuatro pastores alemanes emparentados. El principal, Uber, era un perro de búsqueda y rescate de Nueva Zelanda; sus tres hijos hicieron de dobles para escenas más exigentes, como correr o nadar. Brad Pitt llevaba pollo hervido en los bolsillos para ganarse su confianza.
- Allí eras un mini-Wolverine de 1,91 m, todo fibroso y con cara de pocos amigos.
Aquel verano, tras regresar de una zona de conflicto, descansaba cerca del destacamento bajo un sol implacable, con temperaturas de hasta 46 grados. Para entonces, ya había enviudado dos veces y afrontaba una responsabilidad mayor que cualquier misión: tenía un hijo pequeño, Gianfranco, y otro en plena adolescencia.
No se trataba, en sentido estricto, de un deseo de morir. Había sufrido dos episodios de muerte clínica, separados por varios años, y aquellas experiencias habían cambiado para siempre mi manera de entender el riesgo, la vida y el deber. Sin embargo, aquel día, pese a la disciplina arraigada en mí tras tantos años de servicio, algo se sentía diferente.
A mi lado estaba Thor, mi fiel compañero durante dos campañas en zonas de conflicto. Siempre atento y vigilante, había compartido conmigo guardias, silencios y peligros. Entre nosotros existía un vínculo forjado en la confianza y en esas experiencias que solo comparten quienes han enfrentado juntos situaciones límite.
Años atrás, en África, había perdido a Loki, un pastor belga Malinois que murió en 2008 (Loki, 2000-2008). Desde entonces, Thor permaneció a mi lado. Ambos sabíamos que aquella sería nuestra última etapa juntos en servicio activo. La edad, el cansancio y ciertas decisiones personales anunciaban el final de nuestro camino operativo.
Pero aquella ocasión no fue una despedida, sino el testimonio de un vínculo inquebrantable: el de dos seres que permanecieron firmes, uno junto al otro durante tantos años.
Thor falleció en 2018, anciano y ciego. Ni la edad ni la oscuridad lograron apagar su lealtad: permaneció junto a mí hasta el último día. Me enseñó que la verdadera compañía no depende de la fuerza ni de la vista, sino de la presencia, la entrega y la fidelidad del corazón.
Después de aquella foto ya me habían hecho todas las bromas posibles. Luego me echaron el guante mi tercera esposa y mi suegra; entre las dos me dejaron sin la poca «energía» que me quedaba. Después llegaron los niños y, entre la vida civil, las responsabilidades y el ajetreo diario, me salieron canas y envejecí de golpe.
Por mucho ejercicio que hagas y por muy en forma que te mantengas, nada te prepara para la vida familiar. En servicio activo sobrevivía a todo; pero en casa descubrí que la verdadera prueba era sobrevivir a la rutina, a los niños y a las decisiones de mi esposa. Al final, ningún entrenamiento militar te prepara para una operación de semejante magnitud.
Es comprensible que se te redondee un poquito el rostro y subas algo de peso. Y claro, entre tanto amor, tanta buena mesa y compañía tan tentadora, se despierta el hambre… ¡y la otra hambre también! Jajaja.
- “Estaba en mi mejor momento era como. El Wolverine definitivo, jaja.”.
________________________________________
Compañía de Comandos 601 del Ejército Argentino.-
Aquel verano, tras regresar de una zona de conflicto, descansaba cerca del destacamento bajo un sol implacable, con temperaturas de hasta 46 grados. Para entonces, ya había enviudado dos veces y afrontaba una responsabilidad mayor que cualquier misión: tenía un hijo pequeño, Gianfranco, y otro en plena adolescencia.
No se trataba, en sentido estricto, de un deseo de morir. Había sufrido dos episodios de muerte clínica, separados por varios años, y aquellas experiencias habían cambiado para siempre mi manera de entender el riesgo, la vida y el deber. Sin embargo, aquel día, pese a la disciplina arraigada en mí tras tantos años de servicio, algo se sentía diferente.
A mi lado estaba Thor, mi fiel compañero durante dos campañas en zonas de conflicto. Siempre atento y vigilante, había compartido conmigo guardias, silencios y peligros. Entre nosotros existía un vínculo forjado en la confianza y en esas experiencias que solo comparten quienes han enfrentado juntos situaciones límite.
Años atrás, en África, había perdido a Loki, un pastor belga Malinois que murió en 2008 (Loki, 2000-2008). Desde entonces, Thor permaneció a mi lado. Ambos sabíamos que aquella sería nuestra última etapa juntos en servicio activo. La edad, el cansancio y ciertas decisiones personales anunciaban el final de nuestro camino operativo.
Pero aquella ocasión no fue una despedida, sino el testimonio de un vínculo inquebrantable: el de dos seres que permanecieron firmes, uno junto al otro durante tantos años.
Thor falleció en 2018, anciano y ciego. Ni la edad ni la oscuridad lograron apagar su lealtad: permaneció junto a mí hasta el último día. Me enseñó que la verdadera compañía no depende de la fuerza ni de la vista, sino de la presencia, la entrega y la fidelidad del corazón.
Después de aquella foto ya me habían hecho todas las bromas posibles. Luego me echaron el guante mi tercera esposa y mi suegra; entre las dos me dejaron sin la poca «energía» que me quedaba. Después llegaron los niños y, entre la vida civil, las responsabilidades y el ajetreo diario, me salieron canas y envejecí de golpe.
Por mucho ejercicio que hagas y por muy en forma que te mantengas, nada te prepara para la vida familiar. En servicio activo sobrevivía a todo; pero en casa descubrí que la verdadera prueba era sobrevivir a la rutina, a los niños y a las decisiones de mi esposa. Al final, ningún entrenamiento militar te prepara para una operación de semejante magnitud.
Es comprensible que se te redondee un poquito el rostro y subas algo de peso. Y claro, entre tanto amor, tanta buena mesa y compañía tan tentadora, se despierta el hambre… ¡y la otra hambre también! Jajaja.
- “Estaba en mi mejor momento era como. El Wolverine definitivo, jaja.”.
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Compañía de Comandos 601 del Ejército Argentino.-
El lema de la Compañía de Comandos 601 es “Pugna usque ad Mortem pro Veritate”, “Combate hasta la Muerte por la Verdad”.
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