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EL MUNDIAL DE FÚTBOL
Junto con los Juegos Olímpicos, y mundiales de otros deportes, el Mundial de fútbol es el último reducto donde el ámbito de referencia fundamental son las patrias, y si hay algo que odia el globalismo son las patrias y los sentimientos y actitudes identitarias.
Los mundiales, aunque parezca mentira, acercan a la humanidad a cierta relación mágica, o sagrada con la realidad. Se busca un atisbo, una anticipación, un entrever el futuro personal fusionado en un destino colectivo identitario, de destino común. Y ese atisbo, como quien espía el destino, se busca en las carreras de los jugadores nacionales, en los movimientos de la pelota, en la consecución del gol. Así, estos jugadores, serían, hoy, un sucedáneo sacro, en medio de un mundo modernamente desangelado, de las antiguas palomas etruscas y romanas en cuyo vuelo los auspicios intentaban adivinar el destino, o en cuyos hígados los arúspices juraban ver el futuro.
Por experiencia propia y ajena, muchos sabemos que hay gente que sólo ve fútbol en ocasión de mundiales, incluyendo el público femenino, por supuesto, y que la vocación de fusión con el resto de compatriotas se exacerba irracionalmente, exteriorizándose en el uso de camisetas y banderas, a un punto irracional, cuando todos sabemos que habría una y mil diversas razones para vestirlas y agitarlas, por causas muchísimo más valiosas.
Hay algo de ritual, en los partidos de fútbol, desde el 11 vs 11, cuyo significado y motivación es indudable, en relación con la masonería e Inglaterra, el país de origen.
En este siglo XXI se aprecia un deterioro de esa función particular de los mundiales, al proliferar equipos étnicamente muy diferentes a las mayorías originales de sus países representados, a tal punto que sin identificar la camiseta o recibir la información correspondiente, de muchos equipos resultaría difícil adivinar a qué país representan, o al constatar contradicciones flagrantes en un evento esencialmente identitario, tal la alteración del color del cabello en jugadores asiáticos, por ejemplo. En este sentido, el mundial es un termómetro en tiempo real del globalismo multicultural, y con sus más y sus menos, refleja su triunfo momentáneo.
El triunfo provisorio del globalismo se patentiza en una frase: Los mundiales, ya no son lo que eran.
El triunfo provisorio del globalismo se patentiza en una frase: Los mundiales, ya no son lo que eran.
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